jueves, 10 de septiembre de 2020

Nunca se sabe-4 y final especial para Begoña. N.N. – Día 179, 9 de septiembre

A petición expresa de Begoña -no suelo reabrir un final, así que haré una excepción-, voy a poner un nuevo punto final a esta breve historia, aunque mi vecino bloguero ha elaborado un final porque echaba en falta qué ocurría en la cita de los personajes. Podéis verlo en esta entrada en su blog jm vanjav hasta en 500 palabras+. Que cada lector elija el final que más le guste, o bien, puede inventar uno propio. En cualquier caso, gracias a todos por leer y a jm vanjav por colaborar.

A las 11 de la mañana ya estaban sentados en una mesa del bar de la plaza Concha y Mario. Habían llegado casi a la vez, cada uno desde un lado, saludándose desde lejos, mientras las respectivas Consuelo y Tere susurraban al oído un posible "allí está, vamos a saludar".

Aunque Mario podía caminar distancias muy cortas prefirió acudir en su silla por comodidad y bien para Tere y para él. Consuelo caminaba al lado de Concha, atenta a cada paso que daba con la ayuda de un hermoso bastón digno de la colección de bastones del escritor Antonio Gala.

-Buenos días -se saludaron todos casi a la vez-, con una sonrisa y mirada de aprobación de Concha y Mario tras recorrer el físico del contrario.

Tras acomodar a sus respectivos Consuelo le habló a su señora, no sin dirigir también la mirada hacia Mario y Tere -a esta con complicidad-:

-Bueno, nosotras dos nos vamos, que tenemos que ir a la compra y luego a arreglar cosas en casa.

-Sí, aquí poco hacemos -apostilló Tere-, volvemos en una hora o así. Mario, llámame si me necesitas antes.

Pidieron un descafeinado con leche y un croissant tostadito para Concha junto con una tostada de pan de molde para Mario.

-Muy amable por la cita Concha.

-Vamos a tutearnos Mario. Pues me hizo ilusión. Hay momentos que se me cae la casa encima. ¿Qué mal puede hacernos charlar un rato? Esto es original, no creo que muchos de nuestra edad hicieran lo mismo.

-Pues sí, Concha. La gente se pierde lo mejor por ajustarse al qué dirán y a tanta etiqueta social. ¿Así que te entretienes con la tablet? Yo me pongo con mi ordenador, miro por la ventana a ratos, me gusta observar la quietud de la plaza en la noche y sí, me llamó la atención la luz. Empecé a imaginar historias, sí, como hacen los escritores, así que intrigado por mis propias ocurrencias terminé preguntando a Tere, y ya me contó. Pero aún sentí más intriga.

-A mí me hizo mucha ilusión que alguien se interesara por mí, la verdad. Además de mi hijo y su mujer, y claro está, Consuelo, poco más. Hace tanto... Uff, por lo menos desde la última vez que me hicieron una entrevista.

-¿Una entrevista?

-Sí, yo era modelo, de alta costura, pero de España no salí. Rechacé muchas ofertas para Paris, Nueva York, bueno, otros sitios, y claro, los periodistas me entrevistaron aquella vez, creo que fue casi la última, para que yo contara por qué había rechazado llegar más lejos en el mundo de la pasarela.

-¡Ah! ¿Y qué les respondió?

-Pues, aunque a algunos pueda parecerle una tontería por mi parte, por mi aversión a los viajes.

-Lo que puede cambiar el futuro una manía.

-No es exactamente una manía. Los viajes que hice por España me cansaban mucho, no solo ir de acá para allá, sino ese sentimiento de no estar nunca en tu sitio, ese desencaje, siempre con todo a cuestas, durmiendo en camas que no escogí, en fin, muchas cosas... Es que no era solo un día, era de continuo y me cansaba mucho.

-Pues sí que tiene que ser cansado. Yo, lo poco que he viajado ha sido alguna vez en vacaciones, pero claro no es lo mismo. Así que eras modelo... qué interesante. Se te ve muy guapa, si se me permite decirlo.

-Muchas gracias Mario. Claro que se permite. ¿Qué hacías tú?

-Yo siempre he sido electricista. Siempre haciendo instalaciones en las viviendas, en los edificios, o arreglando averías. Y todo cansa, porque llega un momento que también te hartas de pasar la vida recomponiendo lo que está descompuesto. Eso sí, siempre me gustó mi trabajo, pero sería la edad, que ya me empecé a cansar. Un día tuve un accidente y caí desde lo alto mientras arreglaba una antena -que también las he instalado y arreglado-, y desde entonces esta pierna me falla más que una pistola de plástico...

-¡Jajajajajaja!

Un buen rato, varias confidencias y risas más tarde, Consuelo y Tere ya volvían de los quehaceres. Se sentaron para tomar un descanso antes de regresar a casa. Mario y Concha lo estaban pasando realmente bien. Tenían que repetir, sin duda, pero ahora había que volver, no sin antes intercambiar números de teléfono y otros datos que les permitirían comunicarse por diferentes vías.

Por la noche, en el silencio de la plaza, la luz de la habitación de Mario y la torrecita de Concha eran los únicos faros en esa playa sin mar, ahora menos solos, acompañados por el otro, por sus ocurrencias, por sus vivencias, y también por la complicidad y la nueva amistad entre ambos, y por todo lo que está por vivir, porque nunca se sabe...

©María José Gómez Fernández

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