A Robe, in Memoriam.
©Aji ~ ©María José Gómez Fernández
Impresiones, Crítica, Poesía: Saciar emociones, soltar amarras, decir lo que pienso, expresar lo que parece, pisar el firme, derramar silencios...
A Robe, in Memoriam.
©Aji ~ ©María José Gómez Fernández
Hace unos años visité una exposición de fotografía, dibujo y pintura sobre faros. Recuerdo que, mientras observaba las imponentes imágenes que se mostraban ante mis ojos, nada pudo impedir que mi imaginación volara hacia los lugares donde aparecían esos solitarios ingenios, pero también, que mi recuerdo, ineludiblemente, también volara hacia una figura en especial, que para mí continúa siendo un referente, y en los momentos favorables contemplo y admiro, pero en los adversos me ayuda a no perderme.
Hasta su particular olor a madera y dulce, me viene a la memoria, entremezclado con el del barro, la piedra y, también con el de la sal del mar. Nunca tuve duda de que su figura irradiaba un aura de protección y positividad.
Mi querido pirata, mi padre...
Hay muchos seres que, a pesar de no existir ya, siguen estando ahí, emitiendo sus destellos para otras muchas personas, como avisos para navegantes, como los faros de los puertos y de las costas, delimitando y dibujando con el parpadeo de su luz los contornos del camino a seguir o a evitar.
Como esas construcciones son iconos de los parajes que habitan, así esos seres de luz son también iconos para las personas en las que siguen siendo una esencia. Su existencia y sus historias son referentes para quien las quiera tener en cuenta y, como ellos, llevarlas a cuestas, tenerlas en la memoria, para no olvidarlas, para imitarlas en lo bueno y obviarlas en lo malo; nos guían por la travesía de la vida, permanente e intermitentemente, iluminando el escollo, el mar embravecido por el viento y la tempestad, alertando de los límites con su luz que irrumpe en nuestra penumbra.
Gruesos o delgados, altos o bajos, redondos o cuadrados, con sus recovecos interiores comunicados por escaleras sinuosas que algunos pudimos subir y bajar, conocer en su intimidad. Faros como personas, personas que siempre serán como faros, anclados en las costas de nuestras vidas para evitar que vayamos a la deriva.
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| Imagen tomada de la convocatoria de @divagacionistas |
Mamá nos animaba a contar cuando ya estábamos un poco cansados y patosos después de cuatro horas de viaje en automóvil. El vaivén hacia derecha e izquierda, con cada movimiento del coche, provocaba que los cuatro niños nos agolpáramos en el asiento trasero unos contra otros, y en efecto, al contar la cuarta curva se dejaba ver el castillo en toda su magnitud, majestuoso, en la cima de la montaña que alberga la Gruta. El castillo, que se dibuja sobre el cielo de la sierra, con su muralla y su torreón, con su campanario aporticado. Y el pueblo a los pies. Parece una estampa medieval, tomada de algún álbum antiguo.
Esa primera impresión se ha quedado grabada para siempre en mi subconsciente y es la que acude a mi recuerdo automáticamente cada vez que pienso en Aracena.
Se me viene a la cabeza la última vez que sentí el pueblo tan cerca, gracias a tus palabras, a tu referente, porque te oía hablar y me hacías ver tu pueblo; tenías la capacidad de describir tan bien con la palabra como lo hacías con tus dibujos de carboncillo. Estoy a los pies de tu cama en el hospital, escuchando cómo resumes tu vida, y maldiciendo no tener más grabadora que lo que mi memoria pueda retener. Hablas de tu niñez por las calles de ese, tu pueblo, al que sabes que ya no vas a volver; de tu juventud y de las veces que has tenido que abandonarlo, para volver tantas y tantas veces, de niño, de joven y en la madurez; al que has vuelto para lo bueno y para lo malo, para celebrar y compartir momentos increíbles y para llorar y despedir a algunos seres queridos. Ahora, y hace once años, cuando te fuiste, ya el pueblo había cambiado mucho respecto al que viviste y conociste en otros tiempos, pero sigues llevando el pueblo bien adentro, el amor por sus calles empedradas, por sus rincones y alrededores, por su gastronomía y la naturaleza que lo rodea, el amor por su gente y su talante servicial, llano y sencillo, como el tuyo. Y cuando te vayas el pueblo quedará dentro de mí, porque mamá también me lo trae a la memoria muchas veces, y, porque desde los pies de tu cama, escuchándote -ignoro cuándo, pero intuyo cercana tu partida-, me lo inyectas gota a gota, como te inyectan a ti la medicación vía gotero.
Te escucho embelesada, no quiero que ni el vuelo de una mosca te interrumpa. Cuentas cómo te quedaste sin padre con cinco años, y lo difícil que se volvió la vida desde entonces, y que los nacionales os despojaron del ultramarinos, de los camiones y de la casa. Por un chivatazo de algún vecino, tu padre y tu tío fueron delatados como rojos indeseables (secretario de la Casa del Pueblo y concejal del Ayuntamiento, respectivamente); por salvar sus vidas, escaparon hacia Portugal pero fueron apresados en el Rosal de la Frontera, y de ahí devueltos a Aracena. Ingresaron en la cárcel y ya no vieron el alba. El carcelero, amigo, le permitió al abuelo escribir una carta para la abuela; una cuartilla a lápiz llena de cariñosas y sinceras palabras de inevitable despedida para la que aún era su amor y para los nueve hijos que dejaba -la única vez que he tenido esa carta en las manos confieso que he llorado de rabia-. El libro de entradas y salidas de la cárcel de Aracena solo recoge junto al nombre del abuelo la fecha de entrada, la de salida y la aclaración “salió”. La vida cambió para vosotros después. Hermanos repartidos entre familiares y benefactores. Hablas de cómo veíais los encierros de los toros desde tu casa, cercana a la pequeña plaza de toros, y que tu madre, la abuela Paula, no mostraba miedo alguno, al contrario que otras vecinas. Cuentas cómo, una noche de Reyes, cuando fuiste a comprar pan, te cogieron en brazos, te pintaron la cara de negro y te subieron a la carroza del Rey Baltasar, y cómo tu madre quedó estupefacta cuando la saludaste desde el cortejo al pasar por la puerta de vuestra casa -ya estaba preocupada por tu tardanza-. Tus salidas por los campos con los amigos, buscando pajarillos hasta el anochecer, regresando por las cuestas de Marimateos. La oportunidad que tuviste de acudir a estudiar a los Salesianos a Sevilla, interno, aprovechando que tu hermano Miguel se escapó porque no quería estudiar. Aunque echabas en falta el pueblo por las largas ausencias, obtuviste unas calificaciones brillantísimas. Pocos años después te fuiste de nuevo para hacer el servicio militar en el Valle de Arán, otra posibilidad de conocer un poco de mundo y otro regreso al pueblo que te corría por dentro. Conociste a la chica más guapa y elegante de Aracena, mamá, discreta modista que se enamoró igualmente de ti, pero el destino quiso que mantuvierais un largo noviazgo por carta, ya que pronto marchaste a trabajar a Barcelona. En uno de tus regresos mamá y tú os casasteis y, de nuevo, os fuisteis llevando el pueblo muy adentro. Cada dos años volvíais en vacaciones y abrazabais a los amigos, a los familiares, os llenabais los pulmones del aire de la sierra, recargando las baterías de identidad y raíces; aunque cambiara vuestro lugar de residencia, siempre volvíais al pueblo, y una vez afincados en Cádiz, donde yo nací, íbamos una vez al mes.
Desde los pies de la cama del hospital me impregnaste del pueblo, de la Loli, la vecina, de Manolao, el barrendero, de mis primos y mis tíos; me llenaste de la ribera, de castañas, de sierra, corcho, encinas, bellotas, cerros y noches plagadas de estrellas, de la Gruta, de “La Julianita”, del Castillo, de la Iglesia del Mayor Dolor, del Paseo de Aracena… Ahora, aunque ya no estás, yo te sigo llevando muy adentro, tanto como a tu querido pueblo.
©María José Gómez Fernández
Publicado originalmente en El Doblao del Arte.
Relato participante en Concurso de Historias Rurales de Zenda Libros, Concurso #historiasrurales.
Todo tiene un principio y un final. Nos mostramos más entusiastas ante los inicios de algo y sin embargo, cuando se termina, normalmente, nos cuesta asimilarlo, interiorizar que se ha acabado.
Nos ocurre con algunas estaciones del año, sobre todo el verano, ahí, al final del verano como que nos ponemos nostálgicos, y esto es sentir del común de los mortales. Nos sucede con el amor, que nos deja fuera de sitio, rotos, también aliviados en otros casos. Nos sucede con los hijos que se van de casa y pasamos por el síndrome del nido vacío. Ocurre con un trabajo, más aún si después de su final uno no tiene otra oferta. Podríamos ir recorriendo mil cosas cotidianas y veríamos que también es así: una casa que compras y luego vendes, un objeto de recuerdo que se rompe, un libro que prestaste y nunca te fue devuelto, un delicioso plato de comida.
A todo tenemos que saber decir adiós, aunque nos cueste más o menos, pero es preciso y sano saber cerrar esa puerta cuando se trata de cuestiones irreversibles, interiorizar que terminó, asumirlo y continuar con la vida, porque la vida sigue.
Ayer fue uno de esos días en los que decir adiós me produjo tristeza, gran tristeza y hasta dolor. Cuando tienes que decir adiós y no te habías preparado para ello porque es algo inesperado, es más costoso hacerlo.
Tuve que decir adiós a mi camada de gatitos y su mamá, que había estado vigilando para que pudieran crecer y poder ser autónomos. Se afincaron en la jardinera del edificio, ella herida en una pata y con sus crías de un mes, aproximadamente. Agua, comida, estar pendiente de que ninguna cría se escapara o cayera a la calle y corriera una suerte no deseada. Todo bien hasta ayer, cuando tristemente comprobé que ninguno de ellos aparecía por parte alguna después de casi 24 horas, y lo definitivo fue encontrar apilados sus recipientes de agua y comida en un rincón del poyete de la jardinera. Estaba claro. Alguien los había hecho desaparecer pero desconozco la suerte que habrán podido correr, aunque la puedo intuir. Nadie que se hubiera hecho cargo de ellos, todos juntos -cosa difícil- habría dejado allí, bien a la vista, los cacharritos de la comida y del agua; estaban puestos a conciencia como un mensaje, una señal. Hay que ser mala persona para hacer desaparecer a unos pobres animalitos sin darles más oportunidad.
Pensar que ahora eran libres de cualquier peligro era lo único que podía consolar la tristeza que me invadió. Ahora, cada vez que entro o salgo del edificio, no puedo evitar mirar hacia el rincón de la jardinera donde han estado todos estos días.
Rumiaba esa tristeza y la suerte que habrían corrido cuando me dieron la noticia de la muerte de un vecino del edificio de al lado. Me quedé hundida. Sabía que estaba enfermo pero no tenía idea de que hubiera empeorado, es más, el mes pasado lo vi por la calle varias veces y nos saludamos. José Antonio, El Oreja -por su parecido con el Príncipe Carlos de Inglaterra-, un hombre bueno, divertido, de los que van de frente, que no es tan frecuente hoy, buen amigo, una buena persona, otra más que el cáncer nos arrebató. Intenté consolarme con la idea de que también él ahora era libre, libre de la enfermedad y del dolor, pero es difícil, y aunque se termine asumiendo, cuando se trata de una pérdida así, aunque hay que saber decir adiós, es difícil hacerlo. D.E.P. amigo, y vuela alto.
©María José Gómez Fernández
Y voló sin poder volar,
pero de él nunca voló.
Te abrazo
y abrazo tu dolor.
Naturaleza inquieta,
innata curiosidad
por ver mejor desde la altura,
sin calcularla.
Un accidente
desde el filo del peligro.
Equilibrista del alfeizar
de su ventana
y de sus días.
Su espíritu aventurero,
libre, siempre libre,
la hizo volar, y voló
al cielo de los gatos buenos.
Adiós, gatita, adiós.
Cuida desde tu nueva casa
de ese corazón que dejas solo,
que también es mi corazón.
Cuidemos de él entre las dos,
para que no caiga,
para que no decaiga.
Sellemos un pacto
chocando mano y pata
chocando pata y mano.
En recuerdo de Mele, una gatita rescatada de la calle, posiblemente abandonada, buena y cariñosa, la gata que en su séptima vida encandiló el corazón de M.
Yo solo te vi en fotografía, pero M. me contaba muchas cosas de ti, y tambien me encandilaste.
D.E.P.
©María José Gómez Fernández
La vida casi intacta,
por un despiste,
en un segundo
quedó detenida.
Lo supe por su boca
y por los ojos tristes
de esa madre entera,
aún absorta
en la vorágine desatada
tras la marcha inesperada.
Dejas tres almas rotas
y por ellas velarás.
Dejas un futuro sin escribir,
estudios por terminar,
amigos que te recordarán.
Minutos antes hablasteis,
quién sabe si fue el azar
brindando la despedida.
Poco después otra llamada
confirmaba para siempre
tu partida, inevitablemente,
nada se pudo hacer
para salvar tu vida.
Guapo, inteligente, inquieto,
eterno joven veinteañero,
hace catorce días ya.
Tuve la oportunidad
de conocerte y hablar
unos minutos contigo,
hace casi un año.
Me ha dolido
conocer tu destino.
Me ha dolido
que la vida sea tan dura,
que la muerte sea tan cruel.
Decir lo siento es poco,
me ha afectado,
me ha dolido,
me ha impactado.
Descansa para siempre en paz,
y desde todas partes donde estés
cuida de tus tres almas rotas.
©María José Gómez Fernández
Para Fernando R-M R, y su familia, con todo mi respeto, cariño y dolor: Lola, Daniel y Juan.
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| Imagen: tertia van rensburg, vía Unsplash: https://unsplash.com/tersh4u |