todas las tardes sin nubes rondando,
puedo oír en lontananza
voces bastardas
que llegan desde el mar,
o voces desgarradas
que lloran pidiendo paz,
o griterío de niños
que han olvidado cómo jugar,
o vocerío e hipócritas golpes de pecho
que suenan como rezos...
y no solucionan nada,
de nada sirven.
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La singularidad apartada,
el compás de mil latidos,
la sordera colectiva,
las promesas diplomáticas...
no solucionan nada,
de nada sirven.
Y cada vez se crece más
el rugir del requiebro
y a su lado, pegada,
la sombra del olvido.
Y no solucionan nada,
de nada sirven
la singularidad y su sombra.
©María José Gómez Fernández
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