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lunes, 17 de abril de 2017

Momento de libertad

Después de la cena y un rato de asueto en la sala común, se disponían para retirarse. Cada cual iba entrando en su cubículo tras abandonar la fila. Las puertas se iban cerrando con estruendo de herrumbre entrechocada. Luego sonaba, una a una, cada llave entrando, girando y saliendo de su cerradura. Por último se apagaba la luz y la oscuridad se podía notar como un fino velo.

Las cerraduras calladas y cerradas, y la oscuridad serena hablaban de libertad; eran preámbulo del momento especial y mágico del día, el que le permitía evadir, eludir, volar a otro lugar, suspirar hondo y perderse en los detalles inventados, pensados, y también en los vividos en otros tiempos, tal vez mejores, o no, pero sin duda más arriesgados, en los que cada segundo se revestía de temeridad, se aliñaba de celeridad, se acompañaba de riesgo y tenía sabor de peligro, olor a placer, a ratos contenido, a ratos desatado. ¡Ah, esos tiempos no tan lejanos! Tiempos duros pero felices, pensados para sobrevivir mientras soñaba con dejar de vivir al límite por unas horas, mientras alguna chica le dedicaba una mirada cadenciosa e insinuante, le lanzaba un beso desde la barra del pub, le regalaba su encanto en privado a cambio de saberse entre los brazos del más buscado, lo que lo hacía aún más deseado.

Este momento del día, ya de noche, le hacía sentir de nuevo aquellos labios carnosos recorriendo su torso y los dedos de uñas rojas afiladas arañando en cosquilleos circulares sus nalgas.
Tumbado en su escueto colchón, para no olvidar, trataba de dibujar una y otra vez el lugar exacto donde ocultaba la mochila, su único medio de vida cuando terminara su maldita y obligada estancia. La mochila y el dinero se instalaban en el centro de sus pensamientos antes de empezar a relajarse y entregarse al sueño de cada noche; se adueñaban de él, casi podía tocar las monedas y los billetes, contarlos, olerlos, y con ese olor peculiar viajaba cada noche a un lugar y de un modo diferente mientras dormía.
Por la mañana temprano, con las primeras luces, las cerraduras volvían a sonar para abrirse y hablaban de barrotes, de otra realidad, de horas añoradas, de libertad perdida y ansiada.



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