lunes, 20 de marzo de 2017

Directo al vacío

Enloquecer y tirarse por una ventana, presa de un momento de desesperación. En cuestión de segundos todos los problemas, todas las preocupaciones, toda la amargura, toda la vida se queda estampada contra la acera.
Se acabó.



Lo que viene después sólo los demás, supervivientes y testigos, aterrados unos, impávidos otros, lo pueden ver y contar.
La sangre mana del cuerpo y recorre los surcos del enlosado pavimento. El cuerpo dislocado, tal como quedó tras el impacto, descompuesto en una postura imposible, descoyuntado. Los ojos con una expresión final fija, pidiendo ayuda, dementes, desorbitados, guardando para la posteridad el instante y el sentimiento congelado del pavor, temerosos por ver cómo se ejecutaba la decisión última irrevocable.
La gente, intrigada, aterrada, que se agolpa por saber.
La policía que llega al lugar del suceso, al rato el forense, el secretario judicial y el juez.
Unos minutos en los que todos están pendientes de ti, y después levantan tu cadáver, el lugar se va quedando solo, la gente comienza a dispersarse para continuar con sus quehaceres y la vida en la calle sigue.
Quedará en la memoria la anécdota del terrible y triste suceso, quedará para siempre impresa tras los titulares de la noticia que recoja la prensa local. El dolor por la pérdida quedará en los que te querían, el duelo, la ausencia, el recuerdo. Un tremendo, rápido y triste final. La forma más radical y menos aconsejable de afrontar una decepción.


Basado en un hecho real ocurrido el sábado 18 de marzo de 2017 en una ciudad del sur de España.
Publicado por María José Gómez Fernández para de

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